Hannibal ad Portas

El ejército Cartaginés ante la batalla de Cannas (216. a.C.)

“Yo Aníbal Barca, hijo de Amílcar Barca, juro ante Baal-Melkart, dios de la ciudad, protector de los comerciantes y navegantes, que lucharé contra los romanos hasta mi muerte y los consideraré siempre mis enemigos”

La dura posguerra en Cartago

Escribía Tito Livio en su historia de Roma que Amílcar Barca, padre de Aníbal, hizo jurar a su vástago, a la temprana edad de nueve años, odio eterno hacia Roma. Seguramente no se trate más que de una leyenda apócrifa, aunque de razones para odiar a los romanos no andaban escasos los cartagineses.

batalla de CannasTras la primera guerra púnica, Cartago, la antaño potencia dominadora del mediterráneo occidental, vio mermado su poder ostensiblemente ante la victoriosa República de Roma. A la pérdida de los territorios púnicos en Sicilia, objeto del conflicto, y al pago de una cuantiosa indemnización de guerra, se unió la toma de Córcega y Cerdeña por los romanos, contraviniendo el tratado de paz.

Roma aprovechó la situación agónica por la que atravesaba Cartago, que poco podía hacer para evitar la pérdida de las dos islas. Exhausta tras 23 años de guerra, y con una rebelión de los ejércitos mercenarios a los que adeudaba el pago de varios años de servicio, a las mismas puertas de la ciudad, la situación del estado cartaginés era crítica.

De este caos emergió una figura que con el tiempo se haría preponderante entre los círculos de poder de la república cartaginesa: Amílcar Barca.

Moneda de plata acuñada con la efigie de Amílcar Barca
Moneda de plata acuñada con la efigie de Amílcar Barca

Amílcar logró pacificar, tras arduas luchas, los territorios africanos de Cartago. Viendo las penurias a las que se enfrentaba la república, con un imperio disminuido, Amílcar convenció al senado de liderar una expedición hacia la península Ibérica. Las riquezas minerales, sobre todo plata, recursos agrícolas y humanos de la península serian la solución, argumentaba Amílcar, para ayudar a Cartago a superar la debacle del enfrentamiento con Roma.

La expedición a Iberia

En el año 237 a.C. Amílcar, junto a su cuñado, Asdrúbal, y su hijo Aníbal, se embarcaron hacia Gadir, la antigua colonia fenicia y principal enclave cartaginés en la península (actual Cádiz). Tras una serie de victoriosas campañas, las tropas cartaginesas afianzaron su dominio sobre las zonas costeras y se lanzaron a someter a los pueblos del interior.

Desafortunadamente Amílcar murió en el 229 a.C., durante el asedio de Heliké, en el valle del Segura.

El senado cartaginés ratificó a su cuñado, Asdrúbal, como líder de la expedición. Éste continúo con la expansión del poderío cartaginés en la península ibérica, pero cambió la estrategia en favor de un uso más intensivo de la diplomacia, incluidas las alianzas matrimoniales con jefes íberos.

Fue entonces cuando los romanos prestaron atención a los acontecimientos en Iberia, alarmados por la rápida expansión cartaginesa. Roma envió una delegación a la península a negociar un tratado con Asdrúbal, con la intención de fijar el río Ebro como la frontera entre las zonas de influencia de las dos potencias.

Asdrúbal moriría asesinado en el 221 a.C., momento en el que un joven Aníbal sería nombrado comandante en jefe por las propias tropas cartaginesas, que vieron en él la viva imagen de su idolatrado padre, Amílcar. Nuevamente el senado cartaginés confirmó el nombramiento, y el nuevo comandante se aprestó a continuar la expansión púnica por las tierras situadas al sur del Ebro.

Una de estas campañas llevó a los cartagineses a asediar la ciudad de Sagunto, que pese a estar en la zona de influencia cartaginesa, era aliada de Roma. El pretexto de Aníbal fue que los saguntinos acosaban a sus vecinos turboletas, pueblo bajo la protección cartaginesa. La ciudad pidió pronto auxilio a Roma, que no envió ayuda, y tras ocho meses de sitio, Aníbal finalmente toma la ciudad al asalto en el 218 a.C.

Con la caída de Sagunto Roma reaccionó y mandó una delegación a Cartago encabezada por Quinto Fabio Máximo, con la intención de que el general cartaginés fuera desautorizado por el senado cartaginés. Los sufetes, no sin cierta discusión, acabaron por apoyar las acciones de Aníbal, y de nuevo la guerra se declararía formalmente entre las dos grandes potencias del mediterráneo occidental.

La II Guerra Púnica

Al inicio de las hostilidades entre Roma y Cartago, Aníbal tenía claro que no iba a seguir una estrategia defensiva, como así le recomendaban muchos de sus generales. Juzgó correctamente que esta había llevado al desastre a Cartago en el anterior conflicto, pues hizo desperdiciar una superioridad inicial cartaginesa para dar pie a Roma a movilizar sus ingentes recursos.

El general cartaginés quería tomar la iniciativa y llevar la guerra al propio corazón de la república romana, con la esperanza de derrotar decisivamente a enemigo y liquidar su confederación de ciudades italianas aliadas.

Se dispuso a partir desde sus cuarteles de invierno en Cartago Nova, ciudad fundada por Asdrúbal, en la primavera del 218 a.C, con el grueso del ejército cartaginés afincado en Hispania. Planificó una ruta terrestre atravesando los Pirineos, el sur de la Galia, y los Alpes para colocar a su ejército en posición de invadir el norte de la península itálica. Una auténtica proeza que pocos en su tiempo creyeron posible.

Le acompañarían en la empresa un enorme ejército compuesto por 90.000 infantes, 12.000 jinetes y 37 elefantes. La mayor parte de los hombres provenían de las levas organizadas entre los hispanos que habitaban en los dominios cartagineses y que junto a la recia infantería libio-fenicia, componían la espina dorsal del ejército El resto estaba completado por contingentes mercenarios de celtíberos, lusitanos e indígenas de las baleares, y por aliados númidas provenientes del norte de África.

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                               Ruta seguida por Aníbal para la invasión de la península itálica

Durante el camino el ejército sufriría numerosas bajas provocadas por el hambre, la fatiga, deserciones y la oposición de algunas tribus hispanas y galas durante el trayecto. También vería mermada su fuerza por la obligación de destacar fuerzas con las que guarecer algunos puntos de las líneas de comunicación con Iberia. Cuando Aníbal descendió de los Alpes cerca de la actual Turín, apenas le quedaban 20.000 infantes y 6.000 jinetes en su ejército.

Pronto se le unirían algunas tribus de la Galia Cisalpina, deseosas de librarse del dominio romano. En sus dos primeras grandes batallas en Italia, Trebia (218 a.C) y el lago Trasimeno (217 a.C), Aníbal prácticamente aniquiló dos ejércitos romanos enviados contra él, causando más de 50.000 bajas entre muertos, heridos y prisioneros.

Con cada nueva victoria crecían las rebeliones de los galos de la región, que habían sido sometidos poco antes por Roma, proporcionado unos refuerzos de inestimable valor para el general cartaginés. En el momento que Aníbal marchó más al sur de la península itálica, los galos suponían uno de los contingentes más numerosos del ejército.

El ejército de Aníbal en Cannas

El ejército que conseguiría la más espectacular de las victorias de la antigüedad, se componía de aproximadamente de unos 40.000 infantes y 10.000 jinetes. La caballería estaba formada por un núcleo de 6.500 jinetes galos e íberos y unos 3.500 jinetes númidas.

Una parte de la infantería la componían aproximadamente unas 8.000 tropas ligeras númidas, libias, e hispanas, que luchaban como escaramuzadores. El resto de los 32.000 infantes estaba compuesto por los veteranos hispanos y libio-fenicios que partieron con Aníbal de Cartago Nova, siendo unos 4.000 los primeros y 9.000 los segundos, y por los galos que se unieron al general cartaginés con la invasión del norte de Italia, unos 19.000 en total.

Los libio-fenicios, súbditos cartagineses con una ciudadanía limitada y que constituían el núcleo de la infantería africana de Aníbal, eran el elemento más fiable del ejército. Esta infantería pesada comenzó la guerra vestida con una versión del equipo estándar de la infantería helenística en la que se inspiraba. Llevaban cascos de bronce y armaduras probablemente hechas de lino rígido, portando con ellos grandes escudos redondos y armados con lanzas.

En el 217 a.C. Aníbal los re-equipó con el equipo romano capturado en Trebia y Trasimeno, incluyendo muy probablemente el pilum, además de cotas de malla y el escudo legionario. Los libio-fenicios eran una tropa muy disciplinada y entrenada, siendo capaces de realizar maniobras complejas en plena batalla, y en todos los aspectos, igualaban o superaban a los legionarios romanos.

Infante y jinete libio-fenicio. Ambos llevan cascos y grebas de bronce cartaginesas, así como el escudo redondo, mientras que el soldado a pie viste una cota de malla capturada a los romanos, y el jinete una armadura de lino.

El otro contingente africano lo componían los númidas, la mayoría de los cuales luchaban como caballería ligera. Estos hombres montaban caballos pequeños y ágiles sin silla ni brida, vestían una simple túnica sencilla y tenían sólo un pequeño escudo redondo para su protección.

Sus tácticas hacían hincapié en la rapidez de movimientos y el evitar a toda costa el contacto con el enemigo, donde debido a su escasa protección eran muy vulnerables. Preferían mantener las distancias hostigando con sus jabalinas, para luego retirarse antes de que el enemigo pudiera contactar con ellos. En las primeras campañas de la guerra tuvieron un efecto devastador, pues los romanos no estaban preparados para estas tácticas y tenía gran dificultad para lidiar con ellos.

 Jinete númida. Los númidas fueron considerados como la mejor caballería ligera de la antigüedad.

Los íberos constituían otro de los grupos más numerosos del ejército, tanto a caballo como a pie. La infantería que luchaba en orden cerrado era conocida por los romanos como scutarii, debido a que solían llevar un gran escudo ovalado plano corporal conocido en latín como scutum.

Algunos también estaban equipados con jabalina pesada similar en tamaño y eficacia a los pilum romanos. Los tiradores, o caetrati, llevaban un pequeño escudo redondo y un haz de jabalinas, luchando en formación abierta en una primera línea de hostigadores.

La caballería se equipaba de forma muy similar a la infantería, luchando por lo general en orden cerrado, aunque una parte significativa utilizaban formaciones abiertas y tácticas de hostigadores similares a las empleadas por los númidas.

La vestimenta íbera solía componerse de una túnica de color blanco liso o con un borde de color púrpura, aunque probablemente hubo una considerable variación individual y regional.

Una parte de la infantería y de la caballería que formaban en orden cerrado portaban también sencillas armaduras pectorales de bronce y cascos del mismo material. Además de las jabalinas, muchos guerreros íberos iban armados con falcatas, una eficaz espada corta de hoja curva. Los honderos de las Islas Baleares, por su parte, formaban el grueso de tiradores a larga distancia del ejército de Aníbal, tropa altamente reconocida por su habilidad y ferocidad en el mundo antiguo. Iban vestidos con sencillas túnicas blancas, y se situaban en formación abierta en la vanguardia del ejército para ser los primeros en hostigar al enemigo.

Guerreros íberos con variado equipo y armas. Muchos de estos soldados sirvieron como súbditos de Cartago en Hispania o como contingentes de tribus aliadas merced a la diplomacia tejida por Asdrúbal y el propio Aníbal. Él mismo estaba casado con una princesa íbera, Himilce.
Hondero balear. Una de las tropas más letales con las que contaba Aníbal.

Las tribus galas engrosaron las filas cartaginesas desde su llegada a Italia, tanto con caballería como con infantería. La caballería luchó en formación cerrada, con tácticas similares a la caballería íbera.

Cascos y armaduras no eran muy frecuentes más allá de los jefes y la nobleza tribal, siendo para la mayoría de los guerreros su única defensa un gran escudo oval o rectangular. Los galos emplearon una gran variedad de lanzas y jabalinas para lanzar a distancia o para combatir cuerpo a cuerpo.

Aquellos lo suficientemente ricos como para permitírselo, usaban una espada de hoja recta más larga, de unos 90 cm, que las espadas hispanas y romanas, de aproximadamente 55 cm de hoja. Una de las principales virtudes de los galos era su arrojo y fiereza en los combates cuerpo a cuerpo. Como contra partida hacía de los galos la tropa menos disciplinada y fiable del ejército de Aníbal, pese a los dos años de férrea disciplina desde que se integraron en el ejército cartaginés.

Guerrero galo. Estos fieros soldados se unieron rápidamente a Aníbal por su odio común hacia Roma.

Las tropas cartaginesas, libio-fenicias, íberas, númidas y galas, se aprestaron en una calurosa mañana del 2 de Agosto del año 216 a.C. a situarse en las posiciones indicadas por sus mandos,  dispuestos a luchar contra su mortal enemigo romano, en el corazón mismo de su imperio. Eran un ejército de veteranos y aguerridos soldados, con una excelente mezcla de tropas ligeras, pesadas, hostigadores y caballería, y unidas en su lealtad hacia su brillante general. Y estaban convencidos de que una vez más, Aníbal les conduciria a la victoria.

 

 

Fuentes:
Polibio, Historia Universal bajo la República Romana, libro III
Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, libro XXI
Adrian Goldsworthy, Cannas
Pedro Barceló, Aníbal de Cartago

 

 

 

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